Indonesia, paraiso de riesgo

Recorriendo Mataram en moto para hacer gestiones financieras tiene alto riesgo y esta vez me ha tocado a mi llevarlas a cabo.

Sin miedo pero con mucha cautela, abandonamos las pacificas Gili para dirigirnos hacia Flores.

En un barco lleno de locales y algún turista vespertino llegamos al puerto donde cientos de indoneses nos abordan a nuestra llegada. Falsos touroperadores tratan de llevarnos con ellos a sus agencias de hojalata, seguimos el instinto y decidimos volver a la capital de Lombock para reencontrarnos con el jóven que nos llevó hasta nuestro punto de encuentro. Alli nos prometen un buen viaje de 20 horas en bus con aire acondicionado… la sospecha acompaña cada segundo y más aún cuando disponemos de tiempo para recuperar el dinero que un cajero nos denegó en la isla de Bali, decidimos acercarnos a la central del ATM (los cajeros internacionales) para comprobar que la reclamación está en curso, y hacernos de algo de cash para adentrarnos en las islas salvajes de indonesia.

En cuestión de segundos me encuentro en una caótica carrera en moto por las calle de Mataram, el chico que me lleva en su moto tiene un ojo de cada color, lo que hace aumentar mas la tensión de aquella escena, pero llegamos con éxito y entramos en un lujoso banco donde docenas de personas aguardan cola, como todos los bancos del mundo, pero mi conductor me lleva directamente hasta una jóven musulmana debidamente cubierta por lo que solo puedo verle los ojos, y su expresión y su inglés precario me obligan a poner todo mi empeño para por fin conseguir hacernos entender…Consigo sacar el efectivo y volvemos a la moto. Guardo el dinero en mi ropa interior y cuando subo a la moto me siento un blanco fácil y perfecto, además comienza la hora del rezo, se escuchan los cánticos monotónicos por las megafonías a lo largo de las calles, todo el gentío que encontramos en el camino de ida ha desaparecido, mi cabeza me dice confía, pero mi corazón va mas rápido que la moto que me lleva por Lombock.

En un momento la gorra de mi acompañante sale volando de su cabeza, yo salto de la moto a recogerla, todo en cuestión de un segundo, en otro podría salir corriendo lejos de él.

Pero no ocurre nada.

Pagamos el ticket que nos lleva a Flores, un nuevo destino.

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